Ya nos quedábamos atónitos con las cosas que sucedían en el gobierno previo a las elecciones y con los resultados a la vista sumergieron a todo un país en el escándalo. Desde el escándalo de Fabiola hasta el “garche” del peronismo.
Pero posterior al resultado esperado, razonable y lógico del pasado domingo, el derrotero político del gobierno es como mínimo, ridículo, infantil y payacesco.
En Pergamino, es probable que el frente de todos (porque técnicamente demostró no ser el peronismo) tuvo la peor performance electoral e su historia. La que probablemente repita en noviembre.
Políticos absolutamente despegados de la realidad, los mismos que hablan de justicia social en lenguaje inclusivo.
Pero la forma de resolverlo, es hacer estallar la instituciones. No es sorpresa, lo hicieron con la campaña de vacunación en locales partidarios y con la App “mi Argentina” dando mensajes políticos.
No conocen el límite del estado con el partido; más aún, ahora no reconocen el límite del capricho de una líder política sobre la institución presidencial.
Cobos dejó de ser vicepresidente con su voto “no positivo” respetando y salvando la institucionalidad del momento; pero lo de Cristina es violento, radical e irresponsable.
El resultado electoral es una excusa, el títere no funciona y la titiritera encima le echa la culpa. Sin precedentes. Los guarismos electorales pusieron blanco sobre negro el descontento de todo un país sobre estos manejos de doble comando y en lugar de ser consecuentes con el claro mensaje de las urnas: se echaron culpas y convirtieron las instituciones como escenarios de batalla.
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